Tener un compañero de piso buenorro es una tortura, una cosa mala, porque te pasas el día reprimiéndote las ganas de follártelo.
Cosa muy complicada cuando el tío, que es muy ordenado, se te pone medio en bolas para hacer las cosas de la casa; entonces le ves ese pecho-lobo, esos brazos, esa barriga de papi de fútbol de domingo y se te hace la boca agua al tiempo que tratas de ocultar la tremenda erección que te provoca su cuerpo semidesnudo
Te pasas todo el tiempo que no puedes quitarle ojo, pendiente de si se pone así o asao pare verle, aunque sea sólo un momento, el culo, el paquete, esos muslos que deseas recorrer con tus manos para agarrarlo de una vez por los huevos y decirle que no te puedes aguantar más y que le vas a arrancar los pantalones ahí mismo.
Tu imaginación vuela y quieres imaginar que te dice que sí, de modo que acto seguido lo visualizas, ya emputecido, patas arriba, con las chanclas haciendo equilibro en el dedo gordo de los pies mientras por fin te lo follas.
Pero es falso; pues por supuesto no le dices nada y te encabronas viendo cómo, según tú, se te insinúa. Lo crees cuando se tumba en el
sofá para ver el fútbol acomodándose, con esa cara de cerdo, justo desde donde alcanzas a contemplar perfectamente su redondeado paquete y uno de sus pies te apunta, desnudo y desafiante, como pidiéndote que se lo comas... ¿Será calientapollas?