Echo en falta la capacidad de mi cuerpo para dejarse llevar por sí mismo, involuntariamente, al placer. Así, durante la adolescencia, me bastaban algunos cuantos trucos para provocar la polución nocturna de una manera casi garantizada. Artimañas tan sencillas como retraerme el prepucio antes de dormir, dejarme la polla encerrada, bien apretadita, en la entretela de la bragueta de los calzoncillos o combinar ambas cosas quedándome dormido bocabajo, bastaban para obrar el milagro del goce involuntario.
También recuerdo que en las primeras noches de mi vida en las que dormí acompañado por un hombre, incluso después de haber follado hasta la saciedad, mi cuerpo decidía que quería correrse y me despertaba mojado entre los brazos de mi acompañante.
Pero ya ni me acuerdo de cuándo fue la última vez que tuve la suerte de despertar en medio de un orgasmo sobrevenido, ni de haber encontrado una mancha de lefa reseca y dulzona en mis calzoncillos.
¿Hay alguien que comparta experiencia y quiera solidarizarse conmigo?
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