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martes, 28 de diciembre de 2010

Relojes (1 de 2)

Otro de mis fetiches lo constituyen los relojes en las muñecas de los tíos, sobre todo cuando son grandes y enormes y van acompañados de una manaza peluda. 





Por eso, si el de la foto de abajo me dice que se la mame, no pondré reparos en hacerlo; porque no podré resistirme ante la imagen de esas manos velludas y venosas, con ese primer plano del reloj que se aferra a una de ellas.



De la siguiente imagen me llama la atención el poder erótico, la fuerza de este cuerpazo desnudo sólo adornado con esa fina cadenita al cuello y ese pedazo de reloj que, junto con el puro, realza la virilidad del modelo. Hay que tener un pedazo de manaza para vestir un peluco así de grande y que te quede bien.




Al siguiente lo pongo porque sé que es el tipo de machote que más os mola. Fijaos en la pulsera de metal aferrada a ese antebrazo. Parece que el tío la mostrara para atraer nuestra atención. Farda de guapo y farda de relojazo.


 

Los relojes que más me satisface contemplar en la muñeca de un hombre son los de correa metálica, sin embargo hay otros menos llamativos que casi los igualan en morbo, y son los cutres de la marca casio. Un madurito buenorro que luzca un complemento tan feo y tan cateto es un tipo anclado en una imagen antigua y rancia a la par que sencilla, aspectos todos ellos que me atraen sobremanera.
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jueves, 11 de noviembre de 2010

Fumetas 1: Pipas

Los hombres que fuman: otro fetiche, otra de mis obsesiones.









jueves, 13 de mayo de 2010

Tíos meando (4 de 4). Alejando el chorro

pissing men

Se trataba de ver lo lejos que éramos capaces de hacer llegar los chorros de nuestras meadas: son ese tipo de cosas que uno hace al haber tomado más cervezas de la cuenta y, sobre todo, al ser consciente  de que se empieza con los juegos y se puede terminar pillando cacho de alguna manera.

Cuando llegó su turno la borrachera le hacía reír como un idiota. Permanecía en pie, como un pasmarote, las piernas abiertas, la cadera levemente inclinada hacia adelante y la polla fuera. Pero no meaba. Lo cierto es que yo no podía dejar de mirar aquella verga jíbara, como de bocado, pensando cuánto me gustaría tenerla entre mis labios. Me estaba impacientando y fue cuando le dije que si tenía que ayudarle a mear. Él sólo me miraba, sin dejar de reír de aquella manera tan estúpida. Fue su cara de bobo la que me envalentonó para colocarme rápidamente tras su espalda.

Con la mano izquierda me aferré a su pecho, con la derecha me hice con su polla tras propinarle un manotazo. “Venga, a ver si ahora eres capaz de mear”. “Pero qué haces, tío”, balbuceó, soltando otra risotada. Yo ya había empezado a manipular aquel pedazo de carne en hibernación. “Quiero que mees para mí”, le dije, acercándome a su oído. “Quiero que mees o, si lo prefieres, que te corras en mi mano”. Ya no dijo nada más. De su mano izquierda se desprendió el botellín de cerveza a medio terminar; el cristal calló al suelo generando una mancha de vidrio y espuma amarillenta.

“¿Te gusta lo que te hago, cabronazo? Quiero que se te ponga dura.” Sólo me respondieron unos leves jadeos, mientras sus manos ebrias empezaron a discurrir sin sentido por mi cuerpo: igual se aferraban a mi nuca que trataban de agarrarse a mi culo, en esa postura incómoda que manteníamos y que a veces nos hacía perder el equilibro.

Había pensado que el alcohol impediría que aquella polla se pusiera dura, pero me equivoqué. Conseguí desabrocharle el pantalón y sin dejar de pelársela mi mano libre buscó sus huevos peludos, calientes, que se retorcieron fácilmente entre mis dedos. La docilidad de aquel tío me estaba poniendo como una moto. Podía hacer con él lo que quisiera, por eso me bajé los pantalones, me escupí en la mano y le transferí al culo toda la humedad que me fue posible.

Cuando sintió mi polla trasteando entre sus nalgas, el muy cabrón arqueó el cuerpo hacia adelante: se abría el culo con las manos mientras yo lo sujetaba por las caderas, que sólo desatendí para ayudar a mi verga a encontrar el agujero negro del placer.

Y cómo se movía, cómo arrimaba el culo para que se la metiera hasta el fondo...

martes, 11 de mayo de 2010

Tíos meando (3 de 4). Tu mirada



Tenías a otro tipo meando en el urinario de tu izquierda, pero no te importó cuando me utilizaste para hacerte una paja. Mientras me lavaba las manos podíamos observarnos en el espejo. Tenías el cuerpo inclinado hacia delante y era evidente que te estabas frotando la verga con la mano derecha. No podré olvidar cómo me mirabas, mi querido amigo desconocido; cómo te servías de mí a conveniencia a través del espejo, con aquellos ojos lujuriosos y aquella boca entreabierta, encarnada, desde la que veía escapar sordos gemidos de placer.

Pissing men

jueves, 6 de mayo de 2010

Tíos meando (2 de 4). Os escucho mear

A veces, cuando espero mi turno en los servicios de cualquier lugar público, me gusta poner atención a los sonidos que me llegan desde el otro lado de la puerta: es una forma perversa de espiaros a placer sin que os deis cuenta.

Me llegan los carraspeos al aclararos la garganta, algún aire que se os escape y el subir de vuestras cremalleras cuando habéis terminado de mear. Incluso puedo saber si os habéis lavado las manos o, por el contrario, habéis dejado el olor a verga impregnado en vuestros dedos.

Luego abandonáis el cubículo para cederme mi turno; entonces vuestros ojos se cruzan un momento con los míos, sin que podáis sospechar que he puesto tamaño a vuestras pollas, sólo prestando atención al ordinario sonido de vuestro chorro al estrellarse contra el fondo del wáter.












pissing men

martes, 4 de mayo de 2010

Hombres de barrio 3













Hombres de barrio 1

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Tíos meando (1 de 4). Os veo mear.

Cómo me gusta veros mear. Aunque me deis la espalda y no os pueda ver la verga, me excita sobremanera el solo hecho de contemplaros dándome el culo, con las piernas levemente abiertas y las manos unidas, en ese momento de sujetaros vuestros cipotes en el acto de la micción.

Qué placer contemplar vuestras caras de alivio al vaciar la vejiga, y más si vienen acompañadas de un gran chorro amarillo y sonoro estrellándose contra el suelo.









sav


pissing men

martes, 15 de septiembre de 2009

La fiesta (3 de 3)

Las mangueras no daban a basto para provocar una lluvia constante. Hacía un calor insoportable que invitaba a quitarse la ropa, a disfrutar de la desnudez, a compartir la sensualidad de los cuerpos desnudos.

Las parejas improvisadas se derramaban la bebida de los vasos sobre los torsos para luego lamerlos. Hasta vi a un grupo de alegres exaltados llevarse a un policía tras una esquina. No tardaron ni cinco segundos en despojarle del uniforme. Mientras unos se sirvieron directamente de su polla, de su culo, de su boca sedienta del alterne de las lenguas anónimas, otros, cual trofeos de guerra, se entretenían oliendo sus calzoncillos blancos, poniéndose la camisa y simulando que se sodomizaban unos a otros con la gran porra negra.














domingo, 13 de septiembre de 2009

La fiesta (2 de 3)

Me fijé especialmente en estos tres elementos, cuando el de la camiseta negra le metía mano al que iba semidesnudo. Empezaron así, como suele decirse, con las tonterías; pero luego el de blanco le quitó el pantalón y el joven quedó tendido sobre el césped con su enorme polla apuntando hacia el cielo.





Se iban turnando a la hora de mamársela; pero fue el de negro quien tomó la iniciativa de empezar a meterle la pipa por el culo en un juego sin fin: primero la chupaba bastante, se la metía por el ojete y la movía hacia dentro y fuera sin llegar a liberarla por completo; al rato la sacaba, la olía y la rechupeteaba con gusto para volver a  empezar a otra vez 

No sé cuánto tiempo estuvieron los dos gordos mamándolo y sodomizándolo con sus respectivas pipas. Cómo les gustaba saborear el instrumento de fumar mientras esperaban su turno. Hasta que el de negro no lo pudo soportar más, se bajó el pantalón y se la clavó sin miramientos. Era una bestia, un animal autómata, nacido para follar. Se aprovechaba de aquella víctima que en realidad disfrutaba mientras era salvajemente porculizada sobre el césped.

Yo hacía un buen rato que me estaba restregando la mano por el paquete y el de la camiseta blanca empezó a hacerme gestos. Me invitaba a unirme a la fiesta. Se apuntaba con el dedo la bragueta abierta. Quería que le chupara su polla de viejo cerdo y cachondo.


viernes, 11 de septiembre de 2009

La fiesta (1 de 3)

Y salí a la calle y había una marea humana, aunque más que humana era de machos, de tiarrones descamisados, semidesnudos, quienes me devoraban con los ojos a su paso. Todos se besaban, se tocaban, se sacaban las pollas y se las mamaban los unos a los otros. No importaba quién fueras, con quién fueras, si estabas emparejado no: todo era libertad, todo era sexo, una orgía sin fin.