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viernes, 13 de diciembre de 2013

La lectura de tu cuerpo


Te empeñabas en leerme aquellos libros que no me interesaban. Te oía sin escucharte mientras mis ojos se entretenían observando tu cuerpo semidesnudo. Me fascinaban aquellos pies enormes, cuyos dedos gordos se movían, a veces, ajenos, como impelidos por voluntad propia.

Siempre te sentabas desparramado, con las piernas abiertas. Poco a poco tu culo se iba escurriendo hacia el borde de la butaca y en ese momento aparecía una de tus manos para estirar un poco el calzón, que amenazaba con incrustarse en tus ingles; entonces yo me fijaba en aquel bulto en tu entrepierna, una conjunción de volúmenes entre los que se adivinaba una polla flácida, desmayada hacia delante y sustentada por la almohada de tus huevos.

Así podía pasarme las horas, observándote, sin que te dieras cuenta de que era la lectura de tu cuerpo la única que me interesaba de verdad.

viernes, 18 de noviembre de 2011

La mafia me persigue



Su especialidad no es la tortura, ni la rotura de piernas, ni cortar falanges de los dedos de las manos; porque los que los contratan piensan que la mejor manera de materializar su venganza es mancillando lo que para ellos es el valor más preciado de un hombre: su virilidad.



Y el lugar supremo por el que todo hombre deja de ser hombre no es otro que su propio culo, cuando un macho auténtico le deposita su lefa caliente entre la sangre y la mierda.


Ellos no utilizan palos, ni barras con púas, ni cualquier otro trasunto de verga, sino que se sirven de sus propias pollas, duras como el hierro, que introducirán por el ano de sus víctimas a pelo, sin protección y sin nada que lubrique su incursión en los culos vírgenes.


Ellos no violan, porque sólo se viola a las mujeres. Ellos, como hombres íntegros, sólo dan por culo, ya que el que da siempre es el macho y el que recibe ha de ser el maricón; esto es lo que han mamado desde pequeños y mantendrán viva esta idea en sus cabezas para no permitirse ni una sola duda sobre su hombría. Ellos sodomizan por dinero. Nada más.





Así que exhibirán su masculinidad frente a las víctimas; sus manos, señaladas con el círculo de oro, con la marca infalible del macho auténtico, restregarán sus miembros enhiestos por los rostros de los reos mostrándoles el calibre del arma que los dejará mancillados para siempre.




Y yo espero mi turno. Vendrán a casa, me pondrán una pistola en la nuca y me conducirán a esa trastienda o quizá a alta mar para que no se escuchen mis gritos.




Me la clavarán de uno en uno, o incluso de dos en dos, si ya están duchos en la materia. Quizá incluso me obliguen a mamársela a un tercero.





Y tendré que fingir que me duele.








sábado, 5 de marzo de 2011

Chupártela después de mear

Antes de salir de casa le sorprendí meando. Podía verle de espaldas a través de la puerta semicerrada del baño, con los pantalones caídos, las piernas un tanto abiertas. Me divertía y me excitaba estar allí, mirándole a mis anchas sin que se diera cuenta. Me llevé la mano a la entrepierna y mi polla reaccionó rápidamente al tiempo que mi cabeza se llenaba de un sinfín de guarradas inspiradas por aquella visión. Hum... Y es que tenía a un pedazo de macho meando en mi baño.

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Cuando ya estaba ejecutando las sacudidas finales de rigor, intuyó mi presencia. Giró un poco la cabeza y me dedicó una sonrisa tímida. ¡Qué guapo estaba! Antes de que terminara de abrocharse la bragueta tuve un pálpito y me abalancé sobre él. "¡Espera!" Le saqué la polla del slip y con la punta de mi lengua le lamí la humedad del capullo.  Aquel olor, aquel sabor a rabo de macho me supieron a gloria..." ¿Qué haces?, ¿no ves que está sucia?", me dijo, mi pobre víctima. Yo sólo podía reírme y  fue cuando me llamó cerdo; luego le di un piquito.

martes, 7 de diciembre de 2010

Sobre compañeros de piso buenorros y calientapollas

Tener un compañero de piso buenorro es una tortura, una cosa mala, porque te pasas el día reprimiéndote las ganas de follártelo.


Cosa muy complicada cuando el tío, que es muy ordenado, se te pone medio en bolas para hacer las cosas de la casa; entonces le ves ese pecho-lobo, esos brazos, esa barriga de papi de fútbol de domingo y se te hace la boca agua al tiempo que tratas de ocultar la tremenda erección que te provoca su cuerpo semidesnudo


Te pasas todo el tiempo que no puedes quitarle ojo, pendiente de si se pone así o asao pare verle, aunque sea sólo un momento, el culo, el paquete, esos muslos que deseas recorrer con tus manos para agarrarlo de una vez por los huevos y decirle que no te puedes aguantar más y que le vas a arrancar los pantalones ahí mismo. 

Tu imaginación vuela y quieres imaginar que te dice que sí, de modo que acto seguido lo visualizas,  ya emputecido, patas arriba, con las chanclas haciendo equilibro en el dedo gordo de los pies mientras  por fin te lo follas.


Pero es falso; pues por supuesto no le dices nada y te encabronas viendo cómo, según tú, se te insinúa. Lo crees cuando se tumba en el sofá para ver el fútbol acomodándose, con esa cara de cerdo, justo desde donde alcanzas a contemplar perfectamente su redondeado paquete y uno de sus pies te apunta, desnudo y desafiante, como pidiéndote que se lo comas... ¿Será calientapollas?


sábado, 4 de diciembre de 2010

El día de la boda


A la hora del baile, los pequeños correteábamos a nuestras anchas alrededor de los mayores; entonces al pasar junto a ti, tus fuertes brazos me interceptaron, me atraparon y me alzaron hasta quedar mi cuerpo, aún casi de infante, suspendido sobre tus hombros.

Me resulta cómico pensar que me sostenías como el que porta un saco de patatas. Una de tus manos me sujetaba a la altura de las corvas; la otra me cogía por un brazo, casi haciéndome daño. Girábamos siguiendo el ritmo de la música. Girábamos y girábamos sin cesar y yo cerré los ojos sintiendo cómo el aire me revolvía el flequillo. No estaba acostumbrado a esas muestras de afecto, no.

Pero del mismo modo inopinado con que me alzaste en volandas me devolviste al suelo; te reíste a carcajadas, me diste un beso y te alejaste para ponerte a bailar. Aún recuerdo tu cara, tus ojos, tus dientes blancos. Durante un rato me quedé quieto, un poco mareado, observándote, sin entender muy bien qué había pasado.

No sé cuántas veces he rememorado aquel momento y no sabes cómo echo de menos tus besos, tus abrazos y tus caricias de gigante, tan escasas, que ya no volverán.

jueves, 7 de octubre de 2010

Lester (2 de 2)



Poco a poco el hombre rubio dejó de serlo, su pelo se volvió negro, dentro de mi cabeza, salpicado de canas blancas y tiesas, se echó unos cuantos años más encima, de repente, y ahora tenía un nombre, pero yo no me atrevía a pronunciarlo, ni siquiera me atrevía a pensar en él.


Las edades de Lulú
Almudena Grandes

martes, 5 de octubre de 2010

Lester (1 de 2)


Eres un niño malo, Lester. No deberías haberlo hecho. Eres tan cruel. Has enfadado a papá y esta vez va en serio. ¡Pobre papá! Tan joven aún, tan vigoroso, toda la vida mimando el césped, y tu lo has destrozado entero en un minuto. (...) Mírale, mírate en el espejo grande del comedor, Lester. Estoy segura de que él no hubiera querido hacerlo, pero es tan honrado, siempre tan riguroso. Te mereces los azotes, tú te los has buscado al perforar el jardín con el colador chino de la cocina para fabricar tu estúpido campo de golf.

Lo he oído comentar antes, ése será el castigo supremo. Papá te va a penetrar con el chino, Lester, te va a meter por el culo ese gran embudo de aluminio perforado y lo va a sacar goteando sangre. No te lo imaginas. Pero todo tiene su lado bueno, no creas. El chino abrirá un hueco tal que cuando papá te ataque con la polla para resarcirse siquiera mínimamente de los irreparables daños que has infringido a su pradera, ni siquiera te vas a enterar, y eso es una ventaja, te lo digo yo, que lo sé por experiencia, hermanito, querido Lester...


Las edades de Lulú
Almudena Grandes

jueves, 22 de julio de 2010

La excusa de las tías



"Menos mal que nos han dejado solos", me decía, una vez su mujer se alejaba por la orilla junto a las demás féminas. "Así podemos charlar sobre lo que queramos sin que nos molesten, ¿verdad?" Y entonces empezó a hablarme de las tías que le gustaban, a mí, como si yo no supiera que estaba al tanto de que me tiraba la carne y no el pescado. Pero allí seguía, enumerándome todas aquellas famosas que lo ponían burraco, supuestamente, pensaba yo... Siempre había sabido que a aquel cabrón le gustaban los rabos más que a mí mismo y me daba cuenta de que detrás de la conversación de las tías había un deseo oculto de hablar conmigo sobre sexo.




¿Quería aquel tipo provocarme?, ¿quería ponerse cachondo porque le daba morbo un tío como yo? El caso es que empezó a ponerse nervioso: lo notaba porque mientras me hablaba abría y cerraba las piernas sin parar. Él estaba sentado en una silla y yo permanecía frente a él, sobre mi toalla, asistiendo a aquel movimiento de piernas que provocaba ya cambios de volumen en su paquete; aquel paquete que a mí tanto me gustaba, demasiado. Abrí las piernas para que pudiera contemplar el mío y, como no podía ser de otra forma, pronto sus ojos cayeron en esa trampa tan fácil.

Aquel tío quería jugar y a mí no me importaba darle juego. Se trataba de un maduro que me daba cierto morbo, aparte de que mi cabeza no dejaba de imaginarse su bigote hurgando entre mis nalgas. Decidí hacerle preguntas que lo desestabilizaran para llevarlo a mi terreno. Porque soy un provocador; porque para que me calienten la polla, la caliento yo primero.




"¿Y tú qué querrías que te hiciera esa rubia periodista que me has dicho que te pone?", le dije, de pronto. Se quedó un poco sorprendido y se limitó a sonreír tímidamente. "Venga, no te cortes conmigo. Dime qué te gustaría que te hiciera esa tía". Volvió a dudar, pero al instante parecieron iluminársele los ojos. "Pues quisiera que me la chupara", respondió entonces, sin dejar de abrir y cerrar las piernas. "Me gustaría que me la mamara porque me encanta que me la chupen y mi mujer no me lo hace". El tío se ponía cachondo mientras se confesaba conmigo y yo notaba que se le estaba poniendo cada vez más dura; que su enrome polla se le empezaba a hinchar escandalosamente dentro del speedo. Yo me inclinaba hacia detrás en mi toalla, abriendo cada vez más las piernas, provocando a aquellos ojos.

"¿Y tú qué le harías a ella?", volví a preguntar. "¿Yo...?", empezó a reír. "Se la metería por el culo", decía el muy cerdo, mientras su paquete había alcanzado ya su máximo esplendor y no apartaba la mirada de mi bulto.



Entonces me di cuenta de que algo iba a volver la situación completamente a mi favor. "Creo que tienes un pequeño problema", le espeté, esbozando una sonrisa maligna. "¿Cómo?". La boca de mi acompañante dudaba entra sonreír o permanecer apretada en una mueca de preocupación. "Creo que tienes un problema", reanudé mi ataque, "porque llevas unos speedo cuyo color no va a disimular la mancha de baba de tu polla". Y antes de que pudiera decir nada, ya le estaba lanzando una toalla al regazo. "Toma, cúbrete con ella y hazte la paja que estás deseando hacerte."



Quizá fuera porque estaba más caliente que una plancha o porque el tono claro y directo de mis palabras le confirió confianza, que el tío me hizo caso echándose por encima de las piernas la toalla, tensándola en su caída sobre los brazos de la silla. Sus manos quedaron bajo la tela y pronto percibí el movimiento inconfundible de la masturbación.




Y cómo me miraba aquel tío, con la boca entreabierta, mientras no dejaba de darle a la zambomba. Hasta que no me pude aguantar más y le dije "A ti lo que te pasa es que te van los tíos y lo que realmente deseas es mamármela y que luego de la meta por el culo, so cerdo", y entonces soltó un gemido y así supe que se había corrido.



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jueves, 15 de julio de 2010

Me enseñó un cojón

Permanecíamos a no mucha distancia, lo suficiente como para advertir que no me quitaba ojo tras los cristales de sus gafas.


Poco después comenzó con el tonteo, con la insinuación: se acariciaba su oronda barriga, su mano se paseaba con lentitud, demasiadas veces, por encima de su bañador. A aquel tío le ponía cachondo provocarme, como a cualquier calientapollas de playa consciente de que siempre hay un pervertido dispuesto a seguirle el juego.



Más tarde fueron sus dedos los que se hacían los remolones por sus ingles, al parecer debido a un incesante picor. Cómo me estaba poniendo aquel madurote, tan gordo, tan rotundo, de los que se te echan encima y te asfixian con su corpulencia de auténtico verraco copulador.

Y él debió de darse cuenta, sobre todo porque se aventuró a sacarse un cojón, delante de todo el mundo, sólo para que yo lo viera.


jueves, 8 de julio de 2010

El ajedrecista




Mientras esperaba el obligado receso de la digestión, me gustaba acercarme a aquella sombra bajo la que se refugiaban siempre los mismos hombres. Solía haber más chavales que se quedaban en pie, mirando el lento discurrir de las partidas de ajedrez. Pero estaba aquel madurito que me llamaba sin gestos, sin palabras, sólo con la exhibición de su cuerpo en bañador.

Yo permanecía en pie como los otros chavales, sólo que mis ojos no estaban fijos en las fichas, sino en sus piernas, en su pecho y en sus brazos cubiertos de pelo. Me entraba un no sé qué cuando abría las piernas y podía observar los pelos rizados, chorreando en sudor, que poblaban sus ingles.

Y hacía tanto calor...

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martes, 6 de julio de 2010

Me corro en la piscina (Versión 2)



Aquel tío se había dejado a su mujer en la toalla para venir a acecharme al borde de la piscina. Lo malo no era que la mujer estuviera de cuerpo presente, sino que estábamos en una piscina pública, con niños, abuelos y, lo peor, miembros acérrimos del Foro de la Familia; y a ver qué pretendía aquel tipo que hiciéramos allí.

Nadé hacia el borde del agua. Me sentía como Ulises siendo atraído por las sirenas, esta vez en forma de piernas colgantes, peludas y mojadas, que me llamaban. Erguí mi cuerpo dentro del agua y me apoyé en el muro dándole la espalda a mi admirador. Escuché su profunda respiración y me gustó imaginar a aquella mole en el sueño nocturno, roncando como un auténtico cerdo. Los hombres que roncan me recuerdan a mi padre.
"Uf, qué calor hace, ¿verdad?", escuché que decía tras de mí. Sólo acerté a decir un "vaya..." y a continuación se hizo el silencio, en forma de hueco incómodo que urgía rellenar como fuera. Así que le espeté: "Si tienes tanto calor, ¿por qué no te mojas?". El otro, sin mediar palabra, abandonó su posición sedente para zambullirse en el agua. Al instante resurgió su cuerpo completamente chorreando. Con las manos trató de retirarse la cortina de humedad que se le escurría desde la calva. Fue ver aquellos triceps enormes, rematados con unos sobacos bien peludos, y ponérseme dura a reventar.




Mi pie buscó su pierna bajo el agua y mis dedos ascendieron piel arriba, con premeditaba lentitud, peinando aquel vello tan suave que se dejaba someter por mis caricias. Con la barbilla apoyada en mis brazos entrelazados no dejaba de observarlo y así traté de ofrecer mi mirada más puta antes de decirle, casi en un susurro: "Pues yo sigo teniendo calor, mucho calor." Y el otro se mordía el labio, respondiéndome con una miraba con la que parecía querer devorarme. El deseo se asomaba claramente a sus ojos, pero no se atrevió a decirme nada. "¿No me crees?", añadí. "Siento que el cuerpo me arde..."

Mi admirador estaba visiblemente nervioso, incluso bufó un tanto desesperado. Fue él quien se apoyó esta vez en el muro, de espaldas, pero muy cerca de mí. Su mano buscó mi entrepierna; se mostraba un poco torpe cuando empezó a acariciarme la zona interior de los muslos, hasta que subiendo por el pernil del bañador me agarró la polla. Mi corazón se aceleraba por momentos. Qué morbo estar siendo magreado por aquel pedazo de maduro, allí, delante de todos.

El tío mantenía la miraba al frente, disimulando, pero yo no podía dejar de mirar sus ojos mientras buscaba su verga bajo el agua. Cuando se la aferré con mi mano dejó escapar un leve gemido, casi imperceptible, pero que me puso a tope, desatado, casi violento en la forma en que le pelaba la polla.




Nuestras manos hacían su trabajo con la complicidad insuficiente del manto de agua que las cubría. "Dame fuerte", susurraba. "Dame fuerte, cabrón, que quiero correrme pronto." Y al poco tiempo escuché aquel "aaaagh" largo, casi doloroso, que me avisaba de que ya se había ido. En ese momento, el muy hijo de puta quiso dejar de masturbarme, así que tuve que retener su mano para garantizarme que seguiría allí hasta que me corriera.

Y ese instante llegó, sintiendo cómo un gran chorro de lefa abandonaba mi polla, corriéndome a gusto mientras pensaba que quizá mi semen permanecería allí, viscoso, flotando en las aguas, y hasta quién sabe si podría ser bebido por cualquier tío que nadase un poco distraído, con la boca abierta.

Hum... soy un cerdaco sin remedio.
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martes, 29 de junio de 2010

Me corro en la piscina (Versión 1)


Mi fichaje más reciente permanecía dentro de la piscina, con medio cuerpazo fuera del agua. Enseguida habían llamado mi atención su corpulencia, su sexy vello corporal, su cara de cerdo vicioso. ¿De dónde había salido aquel tío que me ponía tan burraco?

Desprendía aquel maromo un olor a macho limpio, con ese aroma inconfundible a Williams que tanto alimentó mis fantasías onanistas durante mi adolescencia. Aquel tío me provocaba ensoñaciones en las que me visualizaba a mí mismo comiéndole los sobacos, justo allí, delante del resto de los bañistas.



Me entraron unas ganas irresistibles de acariciarme la entrepierna. Me ponía la sola idea de hacerme una paja allí mismo, bajo el agua, de cara a aquel macho y que nadie pudiera advertirlo. O mejor sí, mejor que cualesquiera de los otros maduros que estuviera rondando por allí pudiera percatarse de mi acecho, de mi juego.

Nadé hacia el borde de la piscina y me situé cerca de mi fichaje, como él, de cara al interior de la pila. Flexioné una pierna apoyándola en el muro. Si alguien se fijaba en mí manteniendo aquella postura, sólo podría observar que tenía una mano apoyada en mi regazo. Aunque yo ya me estaba acariciando.


Me la estaba tocando mientras no dejaba de mirar a aquel barbas tan atractivo. Aquella situación me excitaba sobremanera. Pero quería más, necesitaba acariciar mi polla más directamente, así que me la saqué con disimulo por el pernil del pantalón. Me la acariciaba con dos dedos, lo suficiente como para desnudarme el capullo. Estaba tan caliente que aquella leve caricia podría hacer que me corriera de un momento a otro.

Y cómo estaba aquel macho, cómo me gustaba observar el vello de su pecho medio mojado. Me encandilaban sus tetas, su barba tupida, su piel cubierta de aquella pelambrera nívea. No podía aguantar más, quería correrme antes de que aquel tío pudiera marcharse de allí. Acentué el ritmo de mis dedos que acariciaban mi capullo sin parar. Sentí que me iba y quería que aquel tipo me mirase. "¿Tiene hora…?", le dije. "¿Tiene hora, por favor…?" Y sentí cómo se me escapaba la lefa, mientras aquel tipo me miraba, tras sus malditas gafas de sol.


jueves, 17 de junio de 2010

El operario

Llevo un tiempo marcando a ese operario de la obra que se ve desde la ventana de la oficina. No es que el tipo en cuestión esté especialmente bueno, pero me pone el hecho de poder observarlo sin ser descubierto. Y por qué no decirlo: me dejo llevar por el trasnochado fetichismo de que se trata de un operario, de un tío supuestamente rudo y macho en extremo. Hasta me he hecho una paja en los servicios imaginando que me practica alguna que otra cerdada.

Hoy lo he pillado in fraganti, echándose una siestecilla después del bocata del medio día. Mira qué boca y mira esa mano dejada caer despreocupadamente cerca de su paquete. Hum... si hasta me entran ganas de que me haga algo, lo que sea, yo qué sé, con esa zapatilla de deporte...



Y de repente se despierta y... ¡Coño, parece que va a mear! ¿No irá a sacarse la chorra? ¡Qué cabrón!




Ah, pero no, no se ha puesto a mear, pero... ¿no irá a quitarse el pantalón?




¡Que sí, que sí, que se está quitando el pantalón!



¡Joder, vaya muslacos! (No tiene por qué ser cierto que tiene unos pedazo de muslos, pero la excitación es así.) Y esa mano... Anda, tócate un poco el paquete, que me vas a poner muy burro. Venga, aunque sea un pellizquito para recolocarte la polla...



Y el muy hijoputa no lleva calzoncillos blancos, me cago en...


Joder, el jefe me ha llamado y ahora a ver cómo disimulo la tienda de campaña...



jueves, 3 de junio de 2010

Huevos recién afeitados




Me cuelo en el baño porque sé que acabas de afeitarte los huevos y no puedo esperar más para disfrutarlos. Te encuentro de espaldas, apoyado en el lavabo, así que no me cuesta demasiado arrodillarme y hacerme camino entre tus piernas. Al principio te hago un poco de cosquillas, pero se ve que te compensa, porque enseguida las abres levemente para que mi cabeza entre mejor.

Mi rostro se hace hueco entre tus nalgas sudadas. Voy buscando la suavidad de esos huevos calvos, recién rasurados, que aún conservan restos de la espuma de afeitar. Me encanta lamértelos, chupártelos y mordisquear esa zona entre el culo y el escroto.

Sabes que me vuelven locos tus cojones; que por eso me desespero y mi boca, presa del frenesí, se hunde enajenada entre tus muslos, sin que me importe que la nariz encuentre barrera justo en tu ojete. Y es que te huele tanto a macho, hum...

jueves, 13 de mayo de 2010

Tíos meando (4 de 4). Alejando el chorro

pissing men

Se trataba de ver lo lejos que éramos capaces de hacer llegar los chorros de nuestras meadas: son ese tipo de cosas que uno hace al haber tomado más cervezas de la cuenta y, sobre todo, al ser consciente  de que se empieza con los juegos y se puede terminar pillando cacho de alguna manera.

Cuando llegó su turno la borrachera le hacía reír como un idiota. Permanecía en pie, como un pasmarote, las piernas abiertas, la cadera levemente inclinada hacia adelante y la polla fuera. Pero no meaba. Lo cierto es que yo no podía dejar de mirar aquella verga jíbara, como de bocado, pensando cuánto me gustaría tenerla entre mis labios. Me estaba impacientando y fue cuando le dije que si tenía que ayudarle a mear. Él sólo me miraba, sin dejar de reír de aquella manera tan estúpida. Fue su cara de bobo la que me envalentonó para colocarme rápidamente tras su espalda.

Con la mano izquierda me aferré a su pecho, con la derecha me hice con su polla tras propinarle un manotazo. “Venga, a ver si ahora eres capaz de mear”. “Pero qué haces, tío”, balbuceó, soltando otra risotada. Yo ya había empezado a manipular aquel pedazo de carne en hibernación. “Quiero que mees para mí”, le dije, acercándome a su oído. “Quiero que mees o, si lo prefieres, que te corras en mi mano”. Ya no dijo nada más. De su mano izquierda se desprendió el botellín de cerveza a medio terminar; el cristal calló al suelo generando una mancha de vidrio y espuma amarillenta.

“¿Te gusta lo que te hago, cabronazo? Quiero que se te ponga dura.” Sólo me respondieron unos leves jadeos, mientras sus manos ebrias empezaron a discurrir sin sentido por mi cuerpo: igual se aferraban a mi nuca que trataban de agarrarse a mi culo, en esa postura incómoda que manteníamos y que a veces nos hacía perder el equilibro.

Había pensado que el alcohol impediría que aquella polla se pusiera dura, pero me equivoqué. Conseguí desabrocharle el pantalón y sin dejar de pelársela mi mano libre buscó sus huevos peludos, calientes, que se retorcieron fácilmente entre mis dedos. La docilidad de aquel tío me estaba poniendo como una moto. Podía hacer con él lo que quisiera, por eso me bajé los pantalones, me escupí en la mano y le transferí al culo toda la humedad que me fue posible.

Cuando sintió mi polla trasteando entre sus nalgas, el muy cabrón arqueó el cuerpo hacia adelante: se abría el culo con las manos mientras yo lo sujetaba por las caderas, que sólo desatendí para ayudar a mi verga a encontrar el agujero negro del placer.

Y cómo se movía, cómo arrimaba el culo para que se la metiera hasta el fondo...

martes, 11 de mayo de 2010

Tíos meando (3 de 4). Tu mirada



Tenías a otro tipo meando en el urinario de tu izquierda, pero no te importó cuando me utilizaste para hacerte una paja. Mientras me lavaba las manos podíamos observarnos en el espejo. Tenías el cuerpo inclinado hacia delante y era evidente que te estabas frotando la verga con la mano derecha. No podré olvidar cómo me mirabas, mi querido amigo desconocido; cómo te servías de mí a conveniencia a través del espejo, con aquellos ojos lujuriosos y aquella boca entreabierta, encarnada, desde la que veía escapar sordos gemidos de placer.

Pissing men

martes, 16 de marzo de 2010

William Holden. Maligno.

Me pediste fuego y fingí que no tenía mechero. Pero no despegué el cigarro de mis labios, sino que te hice una señal para que te acercaras a mí. Caíste en mi pequeña trampa. Una de tus manos acarició la mía y sentí que se erizaba todo el vello de mi cuerpo. Te estaba observando, devorándote furtivamente mientras los extremos de nuestros cigarrillos se apareaban para transferirse el calor incendiario, cuando alzaste la miraba. Fue un instante, una descarada ráfaga durante la cual tus ojos azules se posaron sobre los míos; avisando, amenazadores. Creo que tuve miedo, de ti y de aquel fuego que surgía de lo más profundo de tu mirada.

Pero aquel fuego no era para mí, ni para nadie como yo, sino para cualquier mujer.