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sábado, 23 de agosto de 2014

jueves, 21 de agosto de 2014

¿Quién es?

Amigos, parece que este papi se está haciendo mundialmente famoso por la facilidad con la que su rabo tiende a ponerse duro y juguetón, pero ¿sabría alguien decirme de quién se trata? Necesito saber su nombre para conseguir más fotos suyas. Me pone cantidad este cerdaco.








viernes, 13 de diciembre de 2013

La lectura de tu cuerpo


Te empeñabas en leerme aquellos libros que no me interesaban. Te oía sin escucharte mientras mis ojos se entretenían observando tu cuerpo semidesnudo. Me fascinaban aquellos pies enormes, cuyos dedos gordos se movían, a veces, ajenos, como impelidos por voluntad propia.

Siempre te sentabas desparramado, con las piernas abiertas. Poco a poco tu culo se iba escurriendo hacia el borde de la butaca y en ese momento aparecía una de tus manos para estirar un poco el calzón, que amenazaba con incrustarse en tus ingles; entonces yo me fijaba en aquel bulto en tu entrepierna, una conjunción de volúmenes entre los que se adivinaba una polla flácida, desmayada hacia delante y sustentada por la almohada de tus huevos.

Así podía pasarme las horas, observándote, sin que te dieras cuenta de que era la lectura de tu cuerpo la única que me interesaba de verdad.

sábado, 24 de diciembre de 2011

¡Feliz Navidad!



Os deseo a todos una Feliz Navidad 
y que el 2012 os traiga a cada unos de vosotros
 un papi que os dé bien de comer...



 

sábado, 4 de diciembre de 2010

El día de la boda


A la hora del baile, los pequeños correteábamos a nuestras anchas alrededor de los mayores; entonces al pasar junto a ti, tus fuertes brazos me interceptaron, me atraparon y me alzaron hasta quedar mi cuerpo, aún casi de infante, suspendido sobre tus hombros.

Me resulta cómico pensar que me sostenías como el que porta un saco de patatas. Una de tus manos me sujetaba a la altura de las corvas; la otra me cogía por un brazo, casi haciéndome daño. Girábamos siguiendo el ritmo de la música. Girábamos y girábamos sin cesar y yo cerré los ojos sintiendo cómo el aire me revolvía el flequillo. No estaba acostumbrado a esas muestras de afecto, no.

Pero del mismo modo inopinado con que me alzaste en volandas me devolviste al suelo; te reíste a carcajadas, me diste un beso y te alejaste para ponerte a bailar. Aún recuerdo tu cara, tus ojos, tus dientes blancos. Durante un rato me quedé quieto, un poco mareado, observándote, sin entender muy bien qué había pasado.

No sé cuántas veces he rememorado aquel momento y no sabes cómo echo de menos tus besos, tus abrazos y tus caricias de gigante, tan escasas, que ya no volverán.

jueves, 7 de octubre de 2010

Lester (2 de 2)



Poco a poco el hombre rubio dejó de serlo, su pelo se volvió negro, dentro de mi cabeza, salpicado de canas blancas y tiesas, se echó unos cuantos años más encima, de repente, y ahora tenía un nombre, pero yo no me atrevía a pronunciarlo, ni siquiera me atrevía a pensar en él.


Las edades de Lulú
Almudena Grandes

martes, 5 de octubre de 2010

Lester (1 de 2)


Eres un niño malo, Lester. No deberías haberlo hecho. Eres tan cruel. Has enfadado a papá y esta vez va en serio. ¡Pobre papá! Tan joven aún, tan vigoroso, toda la vida mimando el césped, y tu lo has destrozado entero en un minuto. (...) Mírale, mírate en el espejo grande del comedor, Lester. Estoy segura de que él no hubiera querido hacerlo, pero es tan honrado, siempre tan riguroso. Te mereces los azotes, tú te los has buscado al perforar el jardín con el colador chino de la cocina para fabricar tu estúpido campo de golf.

Lo he oído comentar antes, ése será el castigo supremo. Papá te va a penetrar con el chino, Lester, te va a meter por el culo ese gran embudo de aluminio perforado y lo va a sacar goteando sangre. No te lo imaginas. Pero todo tiene su lado bueno, no creas. El chino abrirá un hueco tal que cuando papá te ataque con la polla para resarcirse siquiera mínimamente de los irreparables daños que has infringido a su pradera, ni siquiera te vas a enterar, y eso es una ventaja, te lo digo yo, que lo sé por experiencia, hermanito, querido Lester...


Las edades de Lulú
Almudena Grandes

jueves, 30 de septiembre de 2010

Piropeando


Vaya culazo, vaya manazas, vaya barriga... Mi imaginación se acelera al ritmo de los estímulos visuales que me provocan las hechuras de este encofrador. Ya me parece estar viendo su polla gorda, descapullada, descomunalmente grande, casi tan ancha como el tubo que sujetan su manazas. Mi boca no es capaz de alojar semejante cacho de carne, pero me torturo pensando que puede ser mía.

Cuando veo a los currelas exhibir sus cuerpos, inconscientes de ser objeto de las miradas más lascivas, me pongo más caliente que el pico de una plancha. Porque no saben que los miro: porque me ven pasar, nuestras miradas se cruzan y no advierten que me los estoy comiendo en silencio. Por eso a veces me entran ganas de provocarles, de ser tan básico y tan cerdo como ellos y gritarles cosas del tipo:


¡Chulo, sácate el chupa-chús, que te voy a comer hasta el chicle!



Deberían prohibir que los trabajadores fuesen por ahí emulando el anuncio de la coca-cola.




No puedes ser calvo, maduro y pecho-lobo y pretender pasar inadvertido para mí. Escupe, cerdo. Deja tu impronta de macho sobre la acera para que me quede bien claro que será lo más cerca que esté de ti.




Me da la sensación de que en cualquier momento se te van a caer los pantalones. Y me da por pensar que debajo no llevas nada; que tu polla roza la tela impregnándola de los restos de orín cada vez que vas a mear, un poco apartado, cerca de cualquier árbol. Quiero esos pantalones, deseo olerlos, llevármelos a la cara y aspirar el olor a macho.







Tampoco deberían permitirte asociarte con tu hijo y exhibir pecho y cadena de macarra. Más si sé que de esa guisa os montáis en el camión y que compartís largas horas de viaje. En los trayectos largos os turnáis conduciendo para descasar. Es complicado dormir en la parte de atrás, pero se duerme; aunque el espacio resulta muy estrecho cuando llega la noche y los dos cuerpos se tienden el uno junto al otro. Hace mucho calor, por eso las pieles quedan impregnadas con el sudor del otro cuando se rozan los brazos, cuando una piernas invade el espacio del cuerpo vecino y semidesnudo. Pero cuando esto sucede te quedas quieto y te callas como una perra; te muerdes los labios y se te pone dura sólo de pensar que esa pierna, ese brazo o esa mano pueda acercarse un poco más, subir un poco más, sólo un poco más, por favor...





¿Cuánto rato puedo estar esperando ilusamente que se raje la tela o que, como poco, sea absorbida por la raja de ese culo?