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viernes, 8 de agosto de 2014

Puerta abierta



En el gimnasio me gusta ducharme con la puerta abierta, de espaldas, ofreciendo mi culo. Me excita pensar que al otro lado pueda haber algún tío pendiente de mí, mirándome. Mejor si es un madurito con barriguita turgente. 






Mejor aún si se le pone morcillona pensando que me folla.






Mucho mejor si se trata de un casado reprimido que jamás ha sobado un rabo.




A veces tengo la sensación de que alguno se hace el remolón secándose en el pasillo, cerca de mi cubículo, donde dejo que el agua caliente caiga sobre mí sobreexcitándome.






¿Y si no puede resistirse? ¿Y si aprovechando que no hay nadie decide entrar en mi cubículo y cerrar la puerta?





martes, 14 de diciembre de 2010

Empacho de pollas (1 de 2)

Otra fantasía que me queda por cumplir es la de un auténtico empacho de pollas. Quiero una fila de rabos frente a mí, una ristra de vergas en estado de reposo para ir metiéndomelas una tras una en la boca.

Pero no me refiero a esto:




Porque necesito tener acceso a los cuerpos para que mientras mame pueda aferrarme a las caderas, a los culos, a los huevos colganderos.




No deseo ver los rostros, pues no quiero nada que enturbie la atracción que sienta hacia la polla que voy a comerme. Si el tío en cuestión es feo, me dará igual porque lo importante será su miembro dispuesto para mi disfrute.




Las quiero flácidas para ir endureciéndolas con las caricias de mis labios.




Las quiero gordas para tener la sensación de que no van a caberme en la boca.





Las quiero de macho maduro.





Las quiero circuncidadas.






Las quiero sin circuncidar.











Quiero emborracharme de pollas hasta que me rebose la leche por las orejas.






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jueves, 2 de diciembre de 2010

Una postura que me falta

Hay una postura sexual que no he practicado debido a que aún no he encontrado al hombre propicio; un hombre que sin más apoyo que su propio cuerpo sea capaz de sustentarme al tiempo que me folla, o mejor dicho, que sea capaz de manejarme, alzarme y recibirme con soltura en un punto exacto y concreto de su anatomía: su polla.

Habrá que tenerse en cuenta, además, que yo cabalgaría sobre sus rodillas egoístamente, con la conciencia obnubilada por el placer, avivando el movimiento de mis caderas para así recibir esa verga hasta lo más profundo de mi recto y sintiendo cómo mi culo se estrella contra unos huevos que no están diseñados para amortiguar los movimientos demasiados bruscos.


Aunque, más tarde, cuando tras correrse mi sodomizador hubiera perdido la fuerza por la polla, le concedería una tregua para que encontrase un punto de apoyo, una pared salvadora, mientras que con su rabo aún dentro de mí yo procediera a derramarme sobre su estómago.


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miércoles, 1 de diciembre de 2010

A Lobo, un lector paracaidista

Un lector paracaidista es aquel que, de repente, un día, aterriza en el blog, lee lo primero que cae ante sus ojos y saca una conclusión equivocada.

En este blog, tanto los lectores que me honran con sus comentarios como yo mismo, nos dedicamos a ensalzar unos caracteres secundarios masculinos que son los que más nos gustan.




Ni este blog ni la persona que lo escribe son homófobos; por tanto,  del mismo modo que no consiento que se me llame racista por el simple hecho de que no me guste un hombre negro para mantener una relación sexual con él, tampoco voy a consentir que se me llame homófobo si no me atrae un hombre amanerado para la misma actividad.

Lobo, si fueses lector habitual de esta bitácora, habrías leído cosas como las que se dicen aquí, y comprenderías que en mi casa no se rechaza a ningún homosexual, sino todo lo contrario: soy el primero que aboga por la unidad de todos los homosexuales, independientemente de cómo sean. Ninguno me molesta, ninguno me estorba en la vida. Sin embargo, una cosa es la aceptación de todas las personas independientemente de su actitud y modos y otra muy diferente es que todos deban gustarme para el sexo. 




Este blog, en su fantasía, en su mundo no real, habla frívola y despreocupadamente sobre sexo entre hombres. Constantemente se ensalzan los valores masculinos y, como en todo engrandecimiento gratuito, por comparativa, hay otros hombres que resultan menos valorados, como el barbas que te ha hecho dejar tu bien recibido comentario. Sin embargo, si ha parecido que rechazo a los hombres amanerados, pido disculpas, pues ni ha sido mi intención, ni entra dentro de mi filosofía alejar de mí a alguien simplemente por que no cumpla unos requisitos, personales, subjetivos, para pasar un rato de sexo juntos.



Aprovecho para aclarar que este blog no habla de osos, ni va de dedicado a los osos. Este blog trata sobre hombres maduros y hombres rudos, viriles y masculinos; que da la casualidad de que son los que les gustan a los osos. Tampoco el que escribe se considera un oso, ni comulgo con la facción más extrema del mundo bear, la cual rechaza a otros homosexuales al considerarlos una amenaza, que dan mala imagen o que no pueden representar a la comunidad homosexual porque tienen pluma, son amanerados o les gusta vestirse de mujer. Si he de rechazar algo, rechazo ese modo de pensar.





Sin embargo, aunque opine así, me siento libre para decidir que no me gusta un hombre amanerado para llevármelo a la cama, ya que, repito, una cosa es que lo acepte tal y como es y otra muy diferente es que, debido a ello, tenga que hacer de tripas corazón y dejarme acariciar lascivamente por unas manos que no me levantan la libido en absoluto. No me considero homófobo por ello, pues. De todas formas, si alguien considera que yerro en mi modo de pensar, agradecería que lo argumentara, porque no me importa abrir el debate y que haya opiniones diferentes a las mías.



Si a ti, Lobo, te atraen sexualmente los hombres no rudos, amanerados y que se cuidan en exceso, me parece estupendo; pero has ido a visitar el sitio equivocado. Huelga decir que agradezco tu comentario, pues siempre me agrada que, desde la educación, se viertan opiniones sobre aquello que escribo.

Salud.

martes, 30 de noviembre de 2010

Añorados sueños húmedos


Echo en falta la capacidad de mi cuerpo para dejarse llevar por sí mismo, involuntariamente, al placer. Así, durante la adolescencia, me bastaban algunos cuantos trucos para provocar la polución nocturna de una manera casi garantizada. Artimañas tan sencillas como retraerme el prepucio antes de dormir, dejarme la polla encerrada, bien apretadita, en la entretela de la bragueta de los calzoncillos o combinar ambas cosas quedándome dormido bocabajo, bastaban para obrar el milagro del goce involuntario.



También recuerdo que en las primeras noches de mi vida en las que dormí acompañado por un hombre, incluso después de haber follado hasta la saciedad, mi cuerpo decidía que quería correrse y me despertaba mojado entre los brazos de mi acompañante.



Pero ya ni me acuerdo de cuándo fue la última vez que tuve la suerte de despertar en medio de un orgasmo sobrevenido, ni de haber encontrado una mancha de lefa reseca y dulzona en mis calzoncillos.

¿Hay alguien que comparta experiencia y quiera solidarizarse conmigo?


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jueves, 25 de noviembre de 2010

Paja gore



Que una mano amiga te deje la polla destrozada entra dentro de cierta lógica, pero no tanto que uno mismo se despelleje el capullo a base de pajas. Pero es así, y a mí me pasa algunas veces.



Este cerdaco se ríe antes de llorar de escozor...




Hay una manera de masturbarme que me produce mucho placer y es cuando me froto el rabo sin sacármelo del calzoncillo. El roce de mi glande con el algodón me hace sentir un placer extra al que me entrego sin ser consciente (o sí) de las posibles consecuencias.



Al profe de inglés también le gusta hacérsela polvo



¡Y a mi Spunky!


Cuando juego con mi verga de este modo, noto cómo me arde el capullo, cómo me quema; sin embargo, es tanto el goce que experimento que no puedo parar, permitiendo que la piel de mi polla se deslice trabajosamente por la tela, que ya no es de algodón suave, sino que pareciera forrada de lija que abrasa y solaza al mismo tiempo.



Así es cómo el capullo se deja acariciar engañosamente por la tela asesina...



Y justo antes de correrme noto cómo mi glande crece, se hincha y explota de placer atrapado en su tortura textil.



Cómo está disfrutando el muy cabrón, cómo se la roza, cómo se la machaca dentro del calzoncillo...





Pero, claro, luego pasa lo que pasa: que, a veces, sangro.


El hombre tranquilo, indolente, que pronto verá levemente manchados sus pantalones de rojo pasión.