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viernes, 18 de julio de 2014

Bigotazo

Me chiflan los tíos grandullones, enormes y con una buena franja de pelo sobre el labio.



Me excita enormemente el restriegue de un buen bigotazo por la polla. 




El roce contra el capullo es fantástico, aunque a veces es molesto y hasta duele, por culpa de algunos pelos tan tiesos, tan duros, que se clavan como agujas. ¿Y eso me persuade para prescindir de esta variante mamatoria?





Pues claro que no. La primera vez que la fina piel de tu capullo sufre el contacto con alguno de esos pelos adustos te provoca un respingo, pero poco a poco te vas a acostumbrando a ese sádico roce hasta que la molestia se convierte en cosquillas placenteras. Eso sí, luego no te quejes si el rabo se te queda al rojo vivo.











sábado, 5 de marzo de 2011

Chupártela después de mear

Antes de salir de casa le sorprendí meando. Podía verle de espaldas a través de la puerta semicerrada del baño, con los pantalones caídos, las piernas un tanto abiertas. Me divertía y me excitaba estar allí, mirándole a mis anchas sin que se diera cuenta. Me llevé la mano a la entrepierna y mi polla reaccionó rápidamente al tiempo que mi cabeza se llenaba de un sinfín de guarradas inspiradas por aquella visión. Hum... Y es que tenía a un pedazo de macho meando en mi baño.

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Cuando ya estaba ejecutando las sacudidas finales de rigor, intuyó mi presencia. Giró un poco la cabeza y me dedicó una sonrisa tímida. ¡Qué guapo estaba! Antes de que terminara de abrocharse la bragueta tuve un pálpito y me abalancé sobre él. "¡Espera!" Le saqué la polla del slip y con la punta de mi lengua le lamí la humedad del capullo.  Aquel olor, aquel sabor a rabo de macho me supieron a gloria..." ¿Qué haces?, ¿no ves que está sucia?", me dijo, mi pobre víctima. Yo sólo podía reírme y  fue cuando me llamó cerdo; luego le di un piquito.

jueves, 30 de diciembre de 2010

Relojes (2 de 2)

Y esto ya sí que me vuelve loco: una corrida de las buenas, en plena erupción, derramándose sobre  la mano del reloj de metal...


Una mano cani, con nudillos rozados, de albañil calorro...



Acércate, cerdo, que estoy deseando limpiarte con mi lengua.

martes, 28 de diciembre de 2010

Relojes (1 de 2)

Otro de mis fetiches lo constituyen los relojes en las muñecas de los tíos, sobre todo cuando son grandes y enormes y van acompañados de una manaza peluda. 





Por eso, si el de la foto de abajo me dice que se la mame, no pondré reparos en hacerlo; porque no podré resistirme ante la imagen de esas manos velludas y venosas, con ese primer plano del reloj que se aferra a una de ellas.



De la siguiente imagen me llama la atención el poder erótico, la fuerza de este cuerpazo desnudo sólo adornado con esa fina cadenita al cuello y ese pedazo de reloj que, junto con el puro, realza la virilidad del modelo. Hay que tener un pedazo de manaza para vestir un peluco así de grande y que te quede bien.




Al siguiente lo pongo porque sé que es el tipo de machote que más os mola. Fijaos en la pulsera de metal aferrada a ese antebrazo. Parece que el tío la mostrara para atraer nuestra atención. Farda de guapo y farda de relojazo.


 

Los relojes que más me satisface contemplar en la muñeca de un hombre son los de correa metálica, sin embargo hay otros menos llamativos que casi los igualan en morbo, y son los cutres de la marca casio. Un madurito buenorro que luzca un complemento tan feo y tan cateto es un tipo anclado en una imagen antigua y rancia a la par que sencilla, aspectos todos ellos que me atraen sobremanera.
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sábado, 4 de diciembre de 2010

El día de la boda


A la hora del baile, los pequeños correteábamos a nuestras anchas alrededor de los mayores; entonces al pasar junto a ti, tus fuertes brazos me interceptaron, me atraparon y me alzaron hasta quedar mi cuerpo, aún casi de infante, suspendido sobre tus hombros.

Me resulta cómico pensar que me sostenías como el que porta un saco de patatas. Una de tus manos me sujetaba a la altura de las corvas; la otra me cogía por un brazo, casi haciéndome daño. Girábamos siguiendo el ritmo de la música. Girábamos y girábamos sin cesar y yo cerré los ojos sintiendo cómo el aire me revolvía el flequillo. No estaba acostumbrado a esas muestras de afecto, no.

Pero del mismo modo inopinado con que me alzaste en volandas me devolviste al suelo; te reíste a carcajadas, me diste un beso y te alejaste para ponerte a bailar. Aún recuerdo tu cara, tus ojos, tus dientes blancos. Durante un rato me quedé quieto, un poco mareado, observándote, sin entender muy bien qué había pasado.

No sé cuántas veces he rememorado aquel momento y no sabes cómo echo de menos tus besos, tus abrazos y tus caricias de gigante, tan escasas, que ya no volverán.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Fumetas 1: Pipas

Los hombres que fuman: otro fetiche, otra de mis obsesiones.









martes, 13 de julio de 2010

Baño improvisado


Los machotes de hoy no tienen nada de especial, son dos tíos más o menos buenorros, como otros cualesquiera. Pero hay algo en ellos que los diferencia del resto: han decidido que quieren estar en la playa sí o sí, por tanto no les importa haberse dejado el bañador en casa; así que, sin ningún reparo, se quedan en calzoncillos. Y eso es lo que me pone tan burro.

Sé que la prenda es igual que un bañador, pero noto, advierto, soy capaz de distinguir perfectamente que no se trata de un bañador, sino de unos calzoncillos y, como pervertido que soy, no puedo quedarme impasible ante esta nimia diferencia.

Y los veo ahí, despatarrados, tirados sobre los chinos sin ni siquiera una triste toalla con la que asentar sus culos. Pero, sobre todo, los veo calentándose los huevos al sol, en calzoncillos, y me pongo malito, muy malito.


Qué sexys, qué morbosos. Mirad al moreno con esa cadena tan calorra cuyo dorado hace contraste con la pelambrera negra de su pecho. Ay, si ese pive si tuviera al menos diez añitos más...

Hum...


jueves, 1 de julio de 2010

Sandalias

No soy fetichista de los pies masculinos, sin embargo me excita ver esos mismos pies semidesnudos, sólo cubiertos parcialmente por unas sandalias. Disfruto cuando llega el verano y los hombres visten pantalón corto luciendo piernas velludas y fuertes. Se me van los ojos tras sus pantorrillas y siento la rabia animal tirando de mí al desear comérmelas a bocados.

A este barbas le permitiría descalzarse esos pies sudados y que con ellos me acariciara la polla, me la magreara, me la descapullara despaciosamente hasta hacerme correr de gusto, hum...



Este otro macho me lo reservo para que me ponga a cuatro patas. Lo cierto es que en esa postura no podría vérselas, pero me pone burro el sólo hecho de imaginar que me folla con esas sandalias caladas, como de hortelano de Murcia.




Y me quedo embelesado contemplando los dedos gordos de sus pies, como vergas descapulladas, turgentes, mostradas obscenamente.





Cabrón, no me hagas rabiar. Quítate las sandalias y acaríciame el paquete con tus pies.


Hazme la raya en medio de los huevos con tu dedo gordo.

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jueves, 10 de junio de 2010

Peludos, pero por todas partes

No sé por qué esa aversión vuestra (estoy pensando, en concreto, en dos de vosotros) hacia el pelo en los hombros y en la espalda. Con lo que me gusta a mí abrazarme a un tío y que mis dedos sólo encuentren vello por todas partes. ¿Por qué voy a conformarme solamente con el tapizado del pecho, si puedo tener una espalda bien pobladita?

Qué gozada que se me arrime un peludo de estos, sudado, chorreando, y que mis manos puedan tocar y tocar pelo húmedo y caliente, hum...






Ay, ay, que me ha salido otra vez el cerdaco del helado...







Este me parece irresistible. Qué manazas...





jueves, 27 de mayo de 2010

La manchita

Recuerdo aquella celebración de comunión de alguno de mis primos. Yo era bastante pequeño, pero se ve que ya por entonces tenía fijación por los paquetes de los hombres. Mi tío volvía del baño y  enseguida me percaté de las dos manchas, dos pequeños círculos oscuros, que había en el pantalón de su traje color gris claro.

No he olvidado aquella visión tan simple y que imagino que me abrió, como otras muchas, al mundo del fetichismo, a la búsqueda recurrente de imágenes y situaciones que alimentasen mi personal visión erótica del mundo.

Aquí expongo dos fotografías de paquetes con manchas, máculas que pudieran ser de orín, pero también pudieran ser de lefa o incluso ni lo uno ni lo otro. Pero yo deseo que tengan su origen en una  corrida, porque así, como obseso sexual que soy, podría imaginarme que estos individuos acaban de vivir una experiencia sexual furtiva, sucia, escabrosa. Me pone elucubrar que no han podido resistirse a correrse debido a un roce en el metro, a que le han metido mano en unos servicios o que el viaje en el ascensor ha sido demasiado placentero. En cualquier caso, estos tíos van con su manchita bien visible y parece no importarles, algo que los convierte para mí en unos cerdos irresistibles.




jueves, 20 de mayo de 2010

Nucas

Las nucas de los hombres con un buen corte de pelo se me antojan irresistibles. Puedo quedarme embobado mirando la nuca de un tío, ya sea en la cola de la caja del súper, porque se siente delante de mí en el autobús o porque me lleve unos cuantos pasos por delante al ir caminando por la calle.

Así que se me van los ojos tras las nucas masculinas, pensando que podría besarlas, incluso morderlas, cuando me esté follando al maromo por detrás.






jueves, 25 de marzo de 2010

Olor a macho 2. Williams

También están aquellos hombres que llevan años utilizando el clásico desodorante Williams; individuos que pasan a tu lado dejando tras de sí ese olor inconfundible que ya sólo puedo asociar a la machorrez, a la hombría, a la virilidad.

Cuando detecto a un hombre con olor a Williams me entran ganas de lanzarme hacia sus sobacos, imanes de carne caliente, y hundir mi nariz en su pelambrera blanca.

Papisitos, qué ganas de que me asfixiéis con vuestro olor a macho.









martes, 23 de marzo de 2010

Olor a macho 1. Brummel.

Nos reímos cuando un hombre huele a Brummel; pero en el fondo nos encanta ese olor fuerte, penetrante, de macho limpio.

Estos hombres podrían usar Brummel y sabemos qué sucedería si estuviésemos cerca de ellos: que se nos haría la boca agua, nos pondríamos nerviosos y aspiraríamos ese olor a macho sin poder evitar el deseo de ser follados en el acto por semejantes animales fornicadores.

El poder de la Brummel es así.