






Soñé que la Tierra era invadida por millones de hombres fuertes, de pelo en pecho, que querían molestarme.







Cómo me gustan esos pequeños chichotes por encima de la goma de los calzoncillos y qué sugerente resulta ese minúsculo tatuaje cerca de su cadera, al borde del bosque de pelitos rizados.


Esa mano con reloj oculta imperdonablemente el paquete del señor del tatuaje. Sin embargo, lo que sí podemos apreciar son sus tremendas tetas, que se me antojan perfectas, con esos pezones pequeñitos y ese canalillo de vello oscuro que parece dividir simétricamente sus pectorales. Pero quita de ahí esa mano, hombre.
Lástima que esta imagen carezca de la nitidez suficiente para poder apreciar el pedazo de paquete que gasta el amigo de la cocina. Por cierto, ¿os habéis parado a pensar la cantidad de cosas de esta parte de la casa con las que se podría pasar un buen rato de sexo? Se me ocurren un montón de juegos que practicar, sobre todo con los alimentos: algunos podríamos utilizarlos como dildos, para metérnoslos por el culo; otros, sobre todo los untuosos, resultan perfectos para embadurnar cualquier parte del cuerpo. Me estoy imaginando una polla cubierta de yogur, unos huevos rasurados bañados en nata líquida o un ojete sobre el que hemos dejado caer un fino pero continuo hilo de leche condensada. Hum...
Vaya cara de bruto y de máquina folladora. Los calzoncillos le quedan perfectos, sobre todo porque le marcan ese pedazo de capullo.



El del cigarro parece que nos invita a comerle la polla, y digo yo que habrá que hacerle caso...


El señor policía parece que tuviera un micropene. Habría que quitarle los calzoncillos para inspeccionar detenidamente qué se esconde ahí dentro. La ventaja de una polla pequeña es que cuando crece puede alcanzar trece o más centímetros, pero una polla de 18 es raro que crezca más y mucho menos que se empine todo lo que debiera.

Esta postura nos permite contemplar unos huevos colganderos encerrados dentro de una ropa interior sucia. A veces me gusta que los calzoncillos estén manchados; que dentro alberguen una polla con sebo, una polla que huela a sudor, a orín y, en definitiva, a polla.




Mira el osito cómo se está metiendo la mano por dentro del calzoncillo. Qué orejotas y qué barriga tan durita...
Tremendos muslos los que nos presenta este amigo, pero no menos tremendo es el paquetón remarcado en ese calzoncillo blanco. Menudos huevazos debe de tener el colega...
Este hombre me resulta bastante atractivo, pero luce unos calzoncillos como no se deben llevar, es decir, tremendamente ajustados. El paquete parece ridículo. Muy mal.
El amigo de arriba presenta la puntita mojada, no sabemos si por efecto del precum o porque se le ha escapado un poquito de pipí. El caso es que no estaría de más saborearlo un poco, así por encima de los calzoncillos, para averiguar definitivamente de qué se trata. Sí, soy muy cerdo.